lunes, 4 de diciembre de 2017

Cómo ocurrió el derrumbe de la torre del giraldo de la Catedral de Cuenca.

   Relato publicado en el periódico OFENSIVA de Cuenca del domingo 2 de septiembre de 1.962

   Cómo ocurrió el hundimiento de la torre de nuestra Catedral.
            Relato inédito de un testigo presencial de 7 años de edad.                                 
         
  Catedral de Cuenca antes del hundimiento de la torre del Giraldo ocurrida el día 13 de Abril de 1.902                                                                             
 
 


  Domingo, 13 de abril del año 1.902.                                     Amanece el día con el cielo limpio de nubes. Mi hermano Reyes estaba perezoso para levantarse. Hubo que despertarlo repetidas veces y, ya las ocho y media, me mandaron a mí para llamarlo una vez más. Recuerdo que le hice cosquillas en los pies. Se levantó, almorzamos y, contraviniendo la advertencia materna de que no saliesemos de casa, a hurtadillas nos fuimos a la calle. Nos hicieron volver; pero como mi madre (q. e. p. d.) tenía muchas ocupaciones, pues ya tenía hijos, no pudo ejercer una constante vigilancia y burlándola, nos marchamos, a pesar de aquel consejo: "No salgáis de casa, no vaya a pasaros algo". ¡Divino instinto materno!                                                                                        Vivíamos en la calle de Alfonso VIII, 19, casa que ha sido de mis padres hasta que hace breves años pasó a ser de este Municipio, juntamente con otras contiguas. Mi hermano Reyes tenía nueve años y yo acababa de cumplir los siete.                                  Al salir de casa llegamos de primer intento hasta el arco de en medio de la anteplaza, en donde, con otros muchos chicos, estuvimos jugando al corro. Pero poco después y con un movimiento a la vez de traslación, fiumos subiendo por la Plaza Mayor, hasta llegar al principio de la calle de San Pedro, junto a las verjas que había de entrada por aquella parte al atrio de la Catedral, y en las inmediaciones del callejón que conducía a la torre de las campanas. Recuerdo que un hombre, no puedo precisar quien fue, nos dijo que podíamos subir a repicar, si queríamos. La puerta de entrada a la torre estaba en manos de los muchachos mayores que, a discreción, dejaban o no entrar a los demás, y ni a mi hermano ni a mí nos dejaban pasar. Pero una fatal circunstancia vino a facilitarnos el acceso, pues hubo un momento en que el amo de la puerta era mi primo Alejandro Mena, (víctima también en este hundimiento), aunque no murió y, naturalmente, nos permitió entrar y así lo hicimos. Subimos un primer tramo de escaleras (téngase en cuenta que jamás habíamos estado allí, yo creo que ni aun en la puerta de la calle) y llegamos a un ensanchamiento, especie de pasillo adonde caían dos gruesas cuerdas que debían ser para tocar las campanas mayores. De esas cuerdas nos estuvimos colgando durante algunos minutos, continuando la ascensión por aquella escalera, un tanto oscura, hasta que llegamos a una puerta situada a la derecha y que sin duda daría a las habitaciones del campanero. Yo me cansaba y le dije a mi hermano que me volvía,  y así lo hice. El siguió por aquella escalera de caracol hasta llegar a lo alto. Ya en la calle, me encontré, junto a la puerta de entrada, en aquella especie de plazoleta que había, a otro muchacho amigo. Andrés Uviedo, hijo de un empleado del Ayuntamiento, con el cual me entretuve, y ambos hubimos de mirar hacia lo alto al oir las llamadas que me hacía Reyes desde uno de los arcos sin campana que había en la fachada principal, sobre la puerta y, por el cual, sin duda tendido, asomaba su rubia cabeza. Yo le amenacé con mi mano, diciéndole a la vez que diría a mi padre que se había subido a esa torre, pues nos lo tenía prohibido con una energía y tenacidad que bien merecía que hubiéramos hecho más caso. Mi hermano me prometió, si no decía nada, darme "cajillas", o sea, las tapas de las cajas de cerillas que tanto usábamos los niños en nuestros juegos en aquella época, y que teníamos en gran aprecio. Y entonces (última vez que lo ví vivo) se retiró hacia dentro. Aún continuamos allí Andrés y yo, y como notamos que caian piedrecitas de la fachada, le dije yo a Uviedo: "Vámonos, que esto se hunde", a lo que me contestó: "Es que tu hermano nos tira chinillas", y se marchó, quedando yo allí algún tiempo, que debió ser breve, pero que nunca he podido precisar. Eché a andar hacia la Plaza, lentamente, como si hiciera tiempo a que bajase mi hermano. Iba adosado a la pared de la Catedral, o sea por mi izquierda, cuando por mi derecha pasaron corriendo varios muchachos, ya mayores, que, comprendiendo lo que se avecinaba, huían, sin que ninguno me advirtiera del terrible suceso que se echaba encima de un modo intimamente. Seguí tan tranquilo, muy lejos de presumir al riesgo terrible que me amenazaba, y, sin duda la divina Providencia quiso salvar mi vida y detuvo unos instantes el suceso, pues apenas doblé la esquina del atrio que ya cité y muy pocos metros más bajo, sentí como un trueno enorme y seco, vi una gran polvareda y mirando hacia lo alto advertí que ya no se veía la giralda, parte más elevada de la torre y... seguí Plaza Mayor abajo sin la menor preocupación, como si nada hubiese ocurrido. (Rigurosamente auténtico). Sin duda eran pocos mis siete años para que cupiese en mi cerebro tanto espanto como aquello hubiera producido en una persona mayor. Corriendo "a la pata coja", o sea sobre un solo pie, seguí hasta llegar a mi casa, en el preciso momento en que mi madre, que estaba asomada a la puerta de la calle, invitaba compasiva a que pasase a casa una mujer que calle abajo iba llena de polvo, con aire de espanto, y que entre sollozos balbucía ciertas expresiones que no se entendían, y es que había pasado por el lugar del hundimiento en el momento en que se producía y presa de terror huía sin poder articular palabra y antes de que hubiesen llegado por allí las primeras noticias. No aceptó la mujer la invitación y siguió. Yo penetré en mi casa, que atravesé hasta el fondo, y asomándome por un balcón vi que, efectívamente la torre se había ido abajo, quedando solo en pie un paredón en donde estaban todavía las dos campanas. Desandando el camino que traje, volví a la Plaza Mayor, en donde ya empezaba a concurrir gente. Vi que el señor Lucio, el campanero, le llevaban cogido por los brazos unos sacerdotes (me parece recordar que también estaba allí el Obispo) dando unos quejidos y sollozos que, cuando llegué a mayor comprendí: entonces, no: el pobre señor tenía también una hija dentro de la torre. La concurrencia de personal crecía rápidamente; y, poco después empezó a lloviznar, abriéndose muchos paraguas. (Conquenses que me estéis leyendo, ¿es cierto este detalle, o es error de mi memoria? Porque tengo por seguro que muchos vivís aún, que estuvísteis allí en tan tristes circunstancias). Suceden ahora unos momentos que no recuerdo lo que ocurriera ni donde estuve... Después me veo cogido de la mano de mi madre, y mi hermana también, dando vueltas por la Plaza en busca de Reyes. Me preguntaban por él, y yo decía que no sabía dónde estaba; empezó a entrarme miedo. Enviaron a varias personas a buscarlo a las casas de mis numerosos familiares, y naturalmente todos volvían con la única respuesta de no saber nadie nada de él. Y ahora lo terrible: un señor (que he tenido siempre para mí que fue don Eduardo Moreno (q. e. p. d.) que tantas veces fué luego alcalde), se puso en cuclillas ante mí, para mirarme cara a cara y, cogiéndome de los brazos me dirigió unas cuantas preguntas con las cuales, y sin gran dificultad, me arrancó la tremenda confesión: mi hermano y yo habíamos estado dentro de la torre; yo me salí y él se había quedado dentro. Renuncio a describir la escena que allí se desarrolló, que debió ser espantosa, si bien hubo, como es natural en estos casos, personas de buen criterio que me separaron de aquel sitio, que (no se me olvidará jamás) fué precísamente donde para el autobús de la Plaza cuando llega a ella en la subida.                                           Suceden unos momentos en que nada me acuerdo y de nuevo vuelven los hechos a mi memoria. Cogido ahora de la mano de mi padre (q. e. p. d.) estamos junto al enorme montón de escombros, y mi padre habla algo con uno de los dos guardias civiles de a caballo que impiden que la gente se aproxime. Nos retiramos de allí y los dos vamos calle abajo y entramos en un edificio que no he sabido nunca cual fue. En una buena habitación mi padre habla con un señor, al que le dijo que yo también había estado dentro de la torre y otras cosas, claro está, y que nunca he sabido. Aquel señor se sienta en una silla ante la mesa y sacando un pequeño papel escribe algo y después se lo entrega a mi padre. Salimos de allí y nuevamente estamos hablando con el guardia civil anteriormente citado... Sin que recuerde por dónde fuimos, ahora estamos en casa de don "Federico" Torralba, médico, que vivía en una de las primeras casas de la derecha de la calle de San Pedro, y a quien yo conocía bien por una larga intervención que tuvo conmigo con ocasión de una pierna mala. Estamos en una pequeña habitación, oscura, situada en la parte de atrás y que da vistas al ingente montón de sillares de la torre venida a tierra. Por un balcón abierto del todo, mi padre da aterradores gritos llamando a Reyes, pues se oían lamentos de un niño encima de aquél montón informe. Empiezo a llorar amargamente y alguien me saca de allí y me llevan... No lo recuerdo tampoco.  Algún rato después es un vecino y buen amigo de mi padre quien nos coge de la mano a mi hermana, (once años) y a mí y nos lleva a su casa, algo anterior a la mía; allí nos dan de comer y después...                                          Y en adelante recuerdo de hechos que no puedo colocarlos cronológicamente. Muchísima gente fué por mi casa: unos llevaban noticias esperanzadoras, otros todo lo contrario... Mi casa, como la más céntrica y mejor situada de las varias familias de las víctimas, fué el sitio en donde se hizo el duelo oficial, etc. De eso apenas sé nada ni nunca he querido saberlo, pues para ello me hubiera sido necesario preguntar a mis padres, y, cuando ya mayor, hubiera satisfecho fácilmente el deseo pero, nunca quise que, al menos por iniciativa mía, se provocase en mi casa una conversación que ya pueden comprender los lectores el efecto que produciría.  (En cuanto a aquél señor que dió a mi padre un papel escrito he supuesto que sería alguna autoridad, para que le dejasen subir a lo alto del montón de escombros a socorrer a aquel chico que se oía allí; y efectívamente alguien subió y salvaron al que encima había quedado).                                                                                                                                         Por cierto que a mi hermano le gustaba mucho, como a todos los chicos de entonces, ser monaguillo, y asistía a la Parroquia del Salvador. Pero precísamente esa iglesia tenía una torre que amenazaba inminente ruina, por lo que mi padre no le permitió seguir yendo a ella: ocho días, exactamente, quedó sepultado bajo los escombros de la torre de la Catedral. ¡Y con qué poco se habría salvado! Venía solamente unos metros detrás de mí, hasta el punto de que el último salvado fui yo, y la más inmediata víctima, él.                                                                                                                       Pasados unos días, me volvieron a mandar a la Escuela. Don Cesáreo, bondadoso y excelente maestro y quien recuerdo con el mayor cariño nos habló del triste suceso. Pero el buen señor, sin darse cuenta me causó una tremenda pena cuando refiriéndose a los tres chicos víctimas y que sin duda él conocía bien, dijo: "Fulano, (refiriéndose a uno de ellos) tengo la seguridad de que Dios lo ha llevado derecho a la Gloria; tu hermano -dijo dirigiéndose a mí- y el otro es fácil que tengan que estar algún tiempo -que no será mucho- en el Purgatorio, porque eran algo traviesos". Tengo la seguridad de que esa manifestación era completamente sincera; pero ¡qué daño me causó! Creo que fué lo que más me hizo sufrir de todo el luctuoso suceso. No he olvidado esta lección en el ejercicio de mi profesión de maestro de niños con los que hay que tener gran discreción en el hablar de ciertas cosas, es decir de todas.                                                                                                                                            Y para terminar este relato ya demasiado largo -aunque no agotado- diré que el Excmo. Ayuntamiento de nuestra capital destinó sepultura perpetua para los restos de las cuatro víctimas, que está en el Cementerio general, en los primitivos nichos frente a la puerta de entrada, algo a la derecha. La inscripción recuerda la catástrofe (ya está bastante borrosa), así como los nombres de los sucumbidos, y por cierto que hubo la torpeza, no sé de quién dependería, de que a mi hermano le pusieron los dos apellidos de mi padre, en vez de los suyos propios.                                                        Que en paz descansen.
                                               Francisco LÓPEZ ESCUDERO.

                                                   
     
   
                 La Catedral de Cuenca en la actualidad.

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